Research, Education & Dialogue

Memorias del Silencio

Por Uva de Aragón
Ediciones Universal
Miami, Florida, 2002
ISBN: 0-89729-993-0

Memoria del Silencio trasciende la realidad cubana, y cobra aliento universal para convertirse en una semblanza de los tiempos actuales, signados por las migraciones y el desplazamiento de los pueblos.

En La Habana, Menchu se prepara para viajar a Miami a visitar a Laurie, su hermana gemela a quien no ha visto hace casi cuarenta años. Después de las primeras emociones del reencuentro, las jimaguas intercambian diarios y la historia retrocede a 1959, cuando Lauir, recién casada, se va de Cuba a los 18 años y casi sin darse cuenta se convierte en una exiliada. De ahí en adelante se alternan las voces narrativas de las hermanas, desde la adolescencia a su plenitud como mujeres, contando los acontecimientos claves que marcan sus vidas -amores y desamores, nacimientos y muertes, adioses y regresos-, entretejidos en un trasfondo histórico -Bahía de Cochinos, Mariel, el Período Especial- que las afecta de modos diversos.

El dolor de las ausencias, los malentendidos, las heridas, las vivencias tan diversas, la nostalgia por la infancia compartida, las confrontaciones y el reencuentro, afloran en esta novela sobre una familia dividida a partir de la Revolución de 1959. Al final, la terca memoria del corazón se impone sobre todas las distancias. Muchos encontrarán en estas páginas jirones de sus propias vidas y de los familiares y amigos que se marcharon... o se quedaron en la isla.


Tuve que contenerme para no contestarle. Me sentía feliz de que estuviéramos juntas pero por más que trataba había algunas cosas que no entendía. Nada aparecía asombrar a mi hermana. Nunca elogiaba ni agradecía las cosas. Con lo que me estaba desviviendo por ofrecerle lo mejor de todo. Y entonces se apeaba con esas comparaciones absurdas, como si fuera posible que hubiera aspecto alguno de la vida en Cuba que pudiera ser mejor que en los Estados Unidos. También me irritaba que no supiera contestar la otra línea cuando estaba hablando por teléfono... Ni parecía tener el sentido del tiempo... y si se me ocurría botar las sobras de la comida se disgustaba muchísimo. Tenía que hacerlo a escondidas...
La verdad es que a veces tampoco yo me daba cuenta de las cosas que podían herirla.

Me sorprendió lo generoso que son los cubanos en su pobreza. En todas las casas que fuimos nos ofrecían café, un jugo, hasta un flan. Y eso que viven tan mal. Es lo que más me parte el alma. Quisiera poder ayudar a todo el mundo… Pude hacer algunos regalitos, pero naturalmente, Mamá y Menchu eran las que más me preocupaban. Al menos les compré un buen ventilador y comieron mejor en esos días. También les dejé la despensa con bastantes cosas para que vayan resolviendo hasta que les pueda mandar otra vez dinero. Me parecía que todo lo que hiciera por ellas era poco.


Más que no ir a Varadero, me irritó que los cubanos aceptaran tan mansamente la humillación de no poder frecuentar los lugares destinados a los turistas. Pero no dije nada.


En verdad, mi mayor miedo no es que me pase algo. Tantos años buscando cosas que me unieran a la realidad cubana, luchando porque no se me convierta en una imagen distorsionada, de foto amarillenta, por no vivir divorciada de la gente de la isla, bebiendo la mano a pesar de tantas y tan diversas distancias… ¿Lo habré conseguido? Acaso, pese a tantas preocupaciones, lleve exceso de equipaje. ¿En qué maleta pongo mi dolor de exiliada, la nostalgia acumulada, el desarraigo sufrido? En definitiva, lo que más temo es que me vaya a sentir extranjera en mi patria. Entonces no tendría ya sitio en el mundo. Aquí, en Estados Unidos, nunca me sentiré que pertenezco. ¿Será cierto que regreso, al fin, a casa?
… Lo que quiero decirte es que esa herida tan inmensa que llevaba dentro ha comenzado al fin a cicatrizar. Tantas veces había pensado que la Revolución nos lo había quitado todo, a los exiliados, pero no lo consiguieron… No se dieron cuenta de que llevábamos el paraíso dentro. Todos mis temores eran infundados. Me he sentido en casa, pese a todo lo demás que ni vamos a mencionar… Es una victoria, muy íntima y chiquitica, pero para mi es suficiente.